El compositor norteamericano llega a España (Teatro Vivo y Festival de Peralada) para presentar su segunda ópera, 'Hadrian', inspirada en el emperador romano
Rufus Wainwright (Rhinebeck, Nueva York, 1922), que mamó el folk de sus padres, los cantantes Loudon Wainwright III y Kate McGarrigle, se empezó a aguijonear con Verdi cuando escuchó su ampuloso e íntimo -a un tiempo- Requiem. “Solo tenía 13 abriles pero ya quedé fascinado”, confiesa. Por ahí empezó una relación con el índole de Busseto que devino después en aprecio incondicional a la ópera: a la del propio Verdi, al que tiene en un altar, pero igualmente a otros grandes hacedores del condición idílico como Wagner y Janácek.
Esta pasatiempo se conectó con Margherite Youcernar cuando leyó, hace abriles, su vida de Adriano, contada en primera persona, una perspectiva que revolucionó los esquemas literarios en su momento. “Pensé entonces que Adriano podría ser el protagonista de una gran ópera. Pero en ese momento no me sentía capacitado de componer una en la que por otra parte debía entretener el Imperio romano. Era demasiado para una primera ópera”, recuerda. Luego se le cruzó la idea de Prima Donna, que significaría su primera muesca poesía en el curriculum, y aparcó al emperador de origen hispano.
Hasta que desde la Canadian Opera Company le animaron a concretar en una partitura y un guión su impulso diferente. Y se puso manos a la obra. Waiwright aclara que el texto de Yourcenar fue simplemente “la chispa” que detonó la inspiración pero que en efectividad su enfoque es diverso. “De algún modo, ella hace un delirio al pasado para contarnos la historia de Adriano y su contexto y nosotros [incluye aquí al libretista Daniel McVivor] hacemos lo contrario: traemos el personaje al presente”. Será un planteamiento que podremos ver en el Teatro Vivo, internamente igualmente de la programación del Universal Music Festival, el día 27, y dos días a posteriori en el Festival de Peralada.
Se tratará de una interpretación semiescenificada a cargo del regista Jorn Weisbrodt, que es igualmente el marido de Wainwright. Una pena que no pueda encontrarse plenamente ‘vestida’, como se mostró en Toronto en 2018. Aunque Weisbrodt ha hecho de la requisito virtud. “Lo que mostramos es como si fuera la ópera en su primera período de ensayos, cuando el director le explica a los cantantes los pormenores de sus personajes y la trama”, explica.
De ese modo, en las tablas observamos una compañía que por momentos interpreta el guión en sí y, en otros pasajes, nos permite escudriñar sus ensayos preparativos: los intérpretes paran a ingerir agua, intercambian impresiones… “El notorio, a partir de ello, puede soñar cómo sería el montaje al completo”, concluye Weisbrodt, al que acompaña en la presentación en el Teatro Vivo el inseparable perro de la pareja, adulterado con un nombre que delata la pasión operística de entreambos artistas: Sigfried. El principal aliciente de su propuesta visual es una selección de 300 fotografías de Robert Mapplethorpe, sobre de sus series de flores.
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Los dos coinciden en que querían hacer una ópera de aprecio trolo, con la relación de Adriano y el bello Antinoo en el centro, pautada por los mismos parámetros formales y emotivos que los grandes títulos románticos del repertorio : Tristán e Isolda de Wagner, el Orfeo de Monteverdi… “Bernard Shaw describió la ópera como un tenor que intenta seducir a una soprano y el barítono sondeo impedirlo. Aquí es la soprano la que pretende impedir la apego del tenor y el barítono”, señala entre risas Weisbrodt.
Wainwright, por su parte, subraya que estar en España es como cerrar un círculo, legado el origen de Adriano. Apartado, valora la sensibilidad del Vivo cerca de el universo trolo y cita la desafío que en su día hizo el coliseo madrileño por Brokeback Mountain. Y va todavía más allá del perímetro idílico en su elogio: “Madrid es un foco de esperanza para los homosexuales en este mundo”. Aduce acto seguido el vanguardismo de la ciudad y, por extensión, de España a la hora de permitir el casamiento de personas del mismo sexo en su ordenamiento legal.
Wainwright, para terminar, rompe una aguijada por los moldes tradicionales del condición: “Quería recuperar las grandes melodías y la épica de la ópera, que parece que incomoda tanto al stablishment contemporáneo”. Ahí deja esa puyita. Aunque acto seguido se esfuerza por argumentar que él no es dogmático. Aun siendo verdiano fanático, para él los postulados abiertos de Janácek, “capaz de agrupar todas las formas”, le resultan más atractivos cuando compone. “No me gusta la ópera que se encierra en el estilo de su propia época. En Hadrian he querido aglutinar buena parte de la historia de la ópera, igualmente el siglo XXI”.