La poeta y novelista Luisa Castro nos brinda el relación de mayo, sobre una misteriosa grupo en la que una de las hijas no se parece en mínimo a su raíz muerta
Era un muchacho tan delgado que todo en él parecían extremidades. Por qué me gustaba, eso es un intriga. Me producía curiosidad sobre todo por su estómago, muy plano, aunque su hermana y él siempre estaban merendando. Unos bocadillos enormes que les hacía Lola, nuestra vecina. Ella se había encargado de pregonar la presentación de aquellos veraneantes entre el vecindario, y a mí no se me pasó por suspensión su excitación.
Venían de Madrid, un padre viudo con sus dos hijos, huérfanos de raíz. El estigma de aquellos hermanos era ése. Lola estaba inquieta, preocupada de no estar a la cúspide. Aunque no había la beocio tragedia en sus rostros. Cuando Jaime salía de la casa de Lola, yo lo veía desde mi ventana cimbreándose como una rama como si no hubiera en él la beocio sujeción al mundo.
Su modo de caminar era además singular, y su forma de doblar la capital y contestar cuando lo llamaban. Y es casi seguro que me enamoré de Jaime aún antiguamente de verlo. Lola decía, ese crío no come, y era como si la delgadez se hubiera instalado en él para atraerme aún más, como un agujero aciago. El padre tenía su misma constitución, pero la hermana era de otra pasta, como si no formara parte de aquel ramillete de flexibles juncos.
Los dos nociones masculinos tenían encima poco piadoso y ascético en su modo de comportarse, y la ropa que llevaban, que siempre les sobraba un poco, se deslizaba por sus miembros como si fueran dos figuras del Greco.
Eran encantadores desde luego, Jaime padre y Jaime hijo, y lo que aún hacía más difícil acercarse a ellos –como si hubiera en su centro un esencial hábitat disuasorio– era aquella apostilla que Lola les dedicaba mientras nos advertía a los demás que no nos pasáramos de la guión con ellos. Muy educados, él es un hombre muy educado, ingeniero, y sus hijos igual de educados, correctísimos, decía anunciándonos la presentación de aquella comitiva casi efectivo.
Lola decía, ‘ese crío no come’, y era como si la delgadez se hubiera instalado en él para atraerme aún más
La educación exquisita de aquel hombre con sus hijos era paralizante, perturbadora. Cuando te acercabas parecía posible, pero mínimo más entrar en su campo sugestivo, detrás de los rosales donde Jaime y su hermana estaban casi siempre sentados con sus bocadillos, una zanja invisible se abría entre nosotros. Mis preguntas tendrían que arribar desde un oficio seguro, al otro flanco, y yo tendría que acercarme a ellos de un modo muy cauto. La conversación que tendríamos, la que sostuviéramos Jaime y yo, debía estar muy admisiblemente hilvanada. Y debía ganarme la confianza de Lola, que siempre estaba detrás, alerta.
Mi vecina había tomado a su cargo la tarea de velar por la integridad de aquellos dos chicos en circunscripción comanche y yo trataba de aproximarme a ellos de la modo más leve, sin causar amenaza. Especialmente me paseaba en presencia de sus ventanas, la del comedor, o la del salón de Lola, donde yo sabía que se pasaban la tarde jugando a cartas o al parchís en una oscuridad tenebrosa.
Por suerte la casa de Lola era una planta desaparecido, y eso me permitía verlos sin carestia de estirar la capital. Y no se trataba solo de que ellos me vieran a mí, además yo había decidido entrar en aquel intriga a costa de lo que fuera. Pero pulsar a la puerta no se me ocurría. Ese era el subtexto que se leía en las frases de Lola cuando decía, unos chicos encantadores, muy educados, por si a mí o a cualquiera de los otros chicos del pueblo se nos ocurría hollar aquella pureza.
Ya antiguamente de que llegaran, la tensión por tener que ocuparse de los dos huérfanos había calado en el humor de mi vecina de tal modo que toda ella era un puro nervatura. Lola iba de aquí para allá a hacerles la negocio, las camas, limpiando y barriéndolo todo para que no les contagiara la beocio pinta de polvo. Y no se equivocaba.
La educación exquisita de aquel hombre con sus hijos era paralizante, perturbadora
Los hermanos, y su padre ingeniero, parecían proceder de una medio al malogrado, de un oficio incontaminado que les hacía vulnerables a cualquier contacto con el extranjero, como si salieran de una de aquellas películas que se veían entonces con niños enfermos que viven en burbujas.
Pero era evidente que había en Jaime otra cosa más, poco muy plano, una superficie sobre la que resbalarían mis preguntas, y eso me asustaba y me tentaba a un tiempo. Cierto se había encargado de pulir en él todas las asperezas, de retirar de aquella superficie todas las imperfecciones. ¿Era eso lo que me gustaba, su modo de defenderse?
Pero tarde o temprano yo plantearía la gran pregunta, por mucho que aquel padre lo evitara, o que mis preguntas se deslizaran por el tobogán de la silueta de Jaime. Dónde está tu raíz, qué le pasó a tu raíz. Todos lo sabíamos. Aquella pregunta era superflua. Se murió de una enfermedad muy profundo, me diría él. Pero el cifra en sí no era lo relevante, sino oírle decirlo.
Mi raíz se ha muerto, diría él, y luego somos huérfanos, mi hermana y yo. Quería oírlo de él. Yo quería meter el dedo allí, en la úlcera. Quería refocilarme en aquella herida. Y la raíz, ¿cómo era? O más admisiblemente, ¿cómo había sido? ¿Pero tenía sentido aquella pregunta sobre la esencia de poco que no estaba en el presente? La misma pregunta parecía una chanza.
La ropa que llevaban, que siempre les sobraba un poco, se deslizaba por sus miembros como si fueran dos figuras del Greco
Los días corrían y a mí no se me olvidaba aquella conversación irresoluto. Delante de su puerta, con la calle por medio, el tapia del campo era el oficio consumado para sentarme a esperarles. Y lo primero era que el brisa que nos rodeaba asumiera nuestros cuerpos, que no fuéramos dos extraños el uno para el otro. Lola ese mes actuó de raíz suplente, y Jaime y su hermana tenían horarios muy estrictos.
La hermana fue la primera en caer en mi emboscada. Jaime se acercó luego, como si aquella conversación que su hermana y yo iniciamos aquella tarde estuviera rozando los límites de lo permitido y él, como hermano veterano, debiera ponerle coto. No echaban de menos a su raíz, dijo Jaime, porque Lola era como una raíz, y en invierno tenían otra señora en casa que además era como una raíz. Y su raíz, encima, los acompañaba desde el Paraíso. Eso dijo.
¿Pero cómo va a estar en el Paraíso tu raíz? No dudo que esté en alguna parte, dije yo, pero en el Paraíso no, se caería. Al final conseguí que aquella pupila lo aceptase, de acuerdo, dijo, mi raíz no puede estar ahí porque se caería. Pero luego morapio lo más inquietante. Dijo que su raíz se alegraba si eran felices, y que se entristecía si estaban tristes.
Pero ¿cómo va a alegrarse si no te ve? Sí que nos ve, dijo ella. Pero físicamente, ¿cómo era? O más admisiblemente, ¿cómo había sido? ¿Tenían una fotografía donde yo pudiera verla, tocarla? Porque los dos hermanos eran muy diferentes entre sí, lo cual incrementaba mi curiosidad por aquella mujer que hasta cierto punto se tornó amenazador y metafísica.
Mi vecina había tomado a su cargo la tarea de velar por la integridad de aquellos dos chicos en circunscripción comanche
Entonces vi a la hermana de Jaime que se animaba y éste que se entristecía. No recordaba a su raíz, dijo ella, que era muy pequeña cuando murió, pero todo el mundo decía que su hermano se parecía más a ella. Y me pareció que estaba contenta de no recordarla, de no pertenecer a esa parte de la historia. Mientras que Jaime sí, Jaime cargaba con aquel peso, el de la raíz muerta. Discutió con su hermana. Mi padre dice que ese presente se acabará borrando, dijo. Y en ese momento, Lola salió a la puerta.
Al día futuro, yo estaba allí de nuevo, al acecho. Los vi salir alrededor de la playa con su padre, muy erguidos, y vi en un santiamén los luceros de Jaime que se clavaban en los míos. Fue un enfrentamiento de miradas que se prolongó hasta que cruzaron la calle y siguieron los tres alrededor de la playa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvimos mirándonos Jaime y yo. La hermana y el padre no me miraron, pero Jaime sí. Me pareció que el plan de la playa era sobrevenido.
Cuando ya estaban de dorso, vi que Lola, ya casi anocheciendo, abría la puerta de la casa. Yo seguía allí, sentada en el tapia, esperando. Pasa, dijo, pasa, como a quien acaban de vencer.
Me introduje en aquella penumbra, y seguí a Lola hasta el comedor donde los hermanos estaban sentados con su padre. Jugaban al parchís. Apretaban el pimpollo de aquel parchís y los dados empezaban a robar rabiosos en el interior de su canariera. ¿Quieres arriesgar con nosotros?, me invitó el padre. Era congruo extraño arriesgar con aquel hombre y con sus hijos al parchís, pero Jaime parecía contento.
Posteriormente de la partida, sin que nadie lo hubiera pedido, el padre se levantó y fue alrededor de un cajón donde había cosas guardadas. ¿Quieres enterarse cómo era la raíz de Elena y Jaime?, me dijo. Y extrajo de aquel cajón una foto en blanco y aciago donde una mujer sonreía. Parecía una mujer corriente, y congruo atinado. Se parece a Jaime, dijo el padre. Sí, dije yo. Era la mejor raíz del mundo, pero ahora está en el Paraíso, aunque ya sé que tu no crees que exista tal sitio, dijo luego aquel hombre.
Los hermanos, y su padre ingeniero, parecían proceder de una medio al malogrado, de un oficio incontaminado
Los dos hermanos se quedaron mirando al parchís, un poco ajenos a la conversación. Su padre me miró, y yo no me atreví a replicar mínimo. Y ahora podéis salir a arriesgar, dijo él, permisivo.
En ese momento, cuando ya estábamos fuera, vi que Jaime sacaba del faltriquera de su pantalón poco que no llegó a enseñarme, tal vez eran unas tabas, o un manojo de cartas. ¿Juegas? Me preguntó. Y vi que me lo pedía de otra modo a cómo lo hacía antiguamente, como si su padre le hubiera hexaedro permiso para arriesgar conmigo. Pero a mí arriesgar con él ya no me interesaba. De pronto, sin aquel padre por medio, Jaime no era interesante en tajante. Entonces oímos los gritos de Lola, unos gritos de loca desde la ventana.
–Jaimeeee… Jaimeeee…
Lo llamaba como una histérica para cenar.
Novelista y poeta, los premios se le amontonan a Luisa Castro (Foz, 1966). Finalista del Herralde con su primera novelística (El somier, 1990), ha rebaño el Hiperión (Los versos del pusilánime, 1986), el Azorín (El secreto de la colada, 2001) y el Biblioteca Breve (La segunda mujer, 2006). Ediciones del Derrota publicó una colección de sus relatos, Podría hacerte daño (2005), premio Torrente Ballester.