El narrador Eloy Tizón nos brinda el historia de abril, sobre unas jóvenes que se congregan para ensayar una obra de teatro
Ensayábamos una obra de teatro teológico titulada Los infortunios de la Virtud. Todo era simbólico, metafórico, recargadamente piadoso.
Vestidas con pesadas túnicas confeccionadas por nosotras mismas en una máquina de coser prestada a partir de cortinas viejas, aparecían representadas en aparatosas mayúsculas la Pureza en conflicto contra la Tentación, rodeadas de columnas de cartón entre las que pululaban el Vicio, la Codicia, los Celos, la Bondad y, cómo no, en el culminación final, el Sacrificio tocado con una corona de purpurina.
Éramos un puñado de alumnas jóvenes, ocho o diez, el Club de las Amazonas. Las monjas accedieron a cedernos un sótano sin uso, deficiente de luz, con unos pocos trastos amontonados en un ángulo, macetas sin tierra, botes de pintura alineados contra la tabique y unas cuantas brochas resecas o muy resecas. Allí nos congregábamos para luchar todos los mediodías de tres a cinco, saltándonos las horas de estudio gracias a un justificante firmado por la directora, con nuestro disfraz de cortinas.
Nos pintábamos las caras con hollín: nuestra pintura de refriega. Fumábamos encarnizadamente, pese a la prohibición. Defendíamos con ferocidad intransigente nuestros puntos de audiencia irreconciliables sobre Los infortunios de la Virtud, nos gritábamos, nos empujábamos, no cedíamos, ridiculizábamos las opiniones ajenas… El arte no era cosa de broma, era un iglesia, una brutalidad: poco que justificaba ese paréntesis entre dos muertes al que llamamos vida.
–¡La Forma determina el Contenido! Según Platón…
–No, no, no. De eso cero. Es exacto lo contrario. ¡El Contenido prefigura la Forma!
–Pero la métrica…
Las palabras rebotaban contra el pared de hormigón. Cualquiera que hubiese escuchado las voces procedentes de aquel sótano intoxicado de humo, se habría preguntado de qué podían estar discutiendo aquel clase de internas de un colegio religioso con equivalente cargo de violencia.
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Nos lo tomábamos tan a pecho que pedimos prestada una cámara de video para registrar los ensayos; por ahí deben de manipular las cintas, custodiadas en algún almacén legal; no imaginábamos que a la larga se convertirían en prueba acusatoria contra nosotras.
Pronto nos dimos cuenta de que había demasiados personajes en ámbito; era un caos mareante. Entre discusiones y peleas, decidimos simplificar el trama, librándonos de la Templanza y de la Prudencia, que lo único que hacían eran estorbar: fuera con ellas. Arrancamos las páginas y arrojamos al melodía el confeti de sus trozos. Fundimos en un solo personaje a la Envidia y la Incompetencia, que para mí son lo mismo.
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Durante cuatro tardes seguidas se presentó a ver los ensayos aquel señor insignificante, de gafas sin caballo. Todas supusimos que era conocido o comunidad de alguna de las otras chicas, pero no. A ninguna se nos ocurrió preguntarle quién era, qué hacía aquí, qué quería. Se sentaba en el rincón más alejado con las piernas cruzadas y el elástico de los calcetines flojo, los fanales medio entornados, a punto de quejarse, haciendo ruidos de papel de caramelo, sin pronunciar palabra.
Durante cuatro tardes seguidas se presentó a ver los ensayos aquel señor insignificante de gafas sin caballo
De repente, mirabas y ya no estaba. Quedaban, en su circunscripción, unos cuantos envoltorios esparcidos por el suelo. Meses posteriormente, cuando nos llevaron detenidas a todas en un furgón policial para interrogarnos, supimos perfectamente quién era equivalente demonio de los caramelos. Más nos habría reputado sobrevenir seguido en la ignorancia.
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Una vez algún me explicó cómo se amaestra una pulga. Se atrapa a la pulga, se la introduce en un tubo erecto, sobre el que se coloca una tapa. La pulga salta, siempre salta, para eso es pulga. Se golpea con la tapa. Poco a poco, a cojín de encontronazos, la pulga –que será pulga pero no tonta– va aprendiendo a calcular su impulso para no chocarse contra la tapa.
Tras unos días de entrenamiento a cojín de saltos y golpes, y más saltos y más golpes, horas enteras, la pulga aprende por sí misma a calcular cuánto tiene que saltar para no golpearse. Se queda a unos milímetros de la tapa. Ya va entendiendo.
Cuando se retira la tapa del tubo, la pulga ya no se escapa. Podría, si quisiera, fugarse con toda facilidad; cero se lo impide; es desocupado. Sin secuestro, durante esos días cruciales de sufrimiento, la pulga ya ha interiorizado la enseñanza de que conviene ajustar su brinco a la medida precisa para no golpearse y ni siquiera rozarse con la tapa.
Pase lo que pase, ya nunca más, en su vida, la pulga saltará por encima de ese conclusión. Se quedará siempre un poco más corta. Toda su vida. Quia se escapará. Y así es como se amaestran las pulgas.
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La que más gritaba de nosotras solía ser Sacramento. Me sorprende no haberme fijado antiguamente en ella. Esa distracción, creo, revela mucho de mi carácter. Sacramento fumaba y se desgañitaba y se marchaba gesticulando y volvía sobre sus pasos con su cara de payasa manchada de hollín, el cuello estirado sobresaliendo por encima de la cortina desangelada, fea hasta afirmar baste. Su risa era cruel, medio artística.
El aprecio siempre me sorprende desprevenida. Me ataca con la control desaparecido, mientras estoy distraída mirando una pinta de polvo en la hoja de una planta o atragantándome con mi propia saliva.
Perdí el apetito. Me veo mirando una palmera de chocolate en la amplitud del comedor apuntalado por anchos haces de sol, que hacían las veces de vigas, en medio de mi soledad de tira cómica.
La belleza no es una fuerza inocente, ni agradable, sino perturbadora e hiriente. Cuando la belleza te ha tocado de verdad, ¿cómo podemos seguir tolerando el mundo? ¿Cómo podemos continuar viviendo como si cero? ¿Con qué derecho?
Esa era la pregunta que yo me hacía, en el comedor casi desierto, mientras miraba derretirse mi palmera de chocolate.
Nunca he sabido tener pelo, ni uñas, ni caderas. Mi vida es una colección de accidentes, sin la último relación unos con otros. No sé qué esperaba yo de aquellos ensayos, el inútil de un asombro, una cirugía, que la aguacero no me mojase o que los árboles estirasen sus hojas cerca de debajo, tierra adentro, hasta envolver el corazón del cuarzo.
Y me comparo con otras, me comparo mucho, me comparo todo el tiempo.
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Sacramento propuso, entre otros rituales bárbaros, inyectarnos en el ambiente,
delante de todo el notorio, el suero de la Verdad.
Yo apoyé su propuesta, con exceso de entusiasmo, me temo, pese al terror que me infundía la posibilidad de quedarme inerme frente a todos, sin escudo, con la verdad en los labios. A merced de aquella sustancia opalina, repartida en ampollas, de aspecto inofensivo, incluso alegre, lo cual me daba más miedo y agravaba mis pesadillas.
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No sé qué ocurrió con Los infortunios de la Virtud, poco descompostura, se tuerce, de repente la actriz que interpreta Coito sufre un desmayo en ámbito. Se queda blanca, inconsciente, no reacciona. Poco que le sentaría mal.
Coito lo pasa deplorable, entre sudorosos retorcimientos. Su indisposición obliga a suspender ensayos, programar sustituciones y desprogramar todo el calendario de estrenos. Llega a oídos de la directora la indisciplina del sótano. Tiene sus informadores. Una de nosotras nos traicionó, nos vendió a cambio de poco.
Coincide con la época de exámenes y nuestras prioridades cambian. El Club de las Amazonas entra en ocaso y se deshace solo, sin carencia de que nadie lo remate. Todo queda en el melodía, sin concretarse, hasta que se aplaque por completo aquella diarrea de aprecio.
La vida es así, viene y va, sube y desaparecido, entra y sale. Ya sé que puedo ser cualquier cosa que desee: un lapicero, una ciudad o este silencio. Poco a poco nos vamos vaciando, cada vez menos posesiones, más solas, de forma que al final no tienes cero, absolutamente cero, pero tienes el historia.