La odisea de un capitán de la División Azul: once años preso en los campos de Stalin

Gerardo Oroquieta, capturado en la batalla de Krasni Bor, escribió al retornar de su cautiverio unas detalladas y humanas memorias reeditas por Arzalia.

La información de la caída de Berlín llegó al campo de prisioneros de Susdal, al este de Moscú, el 9 de mayo de 1945. El engorroso, sensato sobre un añoso monasterio que ayer había sido una fortaleza, estaba destinado al internamiento de jefes y oficiales enemigos capturados. Allí llevaba un año encerrado Gerardo Oroquieta Albiol, uno de los capitanes de la División Garzo, la dispositivo marcial de voluntarios enviada por Franco a la Unión Soviética para combatir al banda de la Wehrmacht fascista. 

En una suerte de memorias literarias construidas al regreso de su cautiverio, Oroquieta describió las repercusiones de la derrota entre los reclusos: "Hasta entonces había existido, al menos en apariencia, una reglamentación sobre el régimen de trato, conexionada en ciertos puntos con los convenios internacionales en materia de prisioneros de supresión (...). A partir de la terminación de la supresión se hizo mucho más severa y rigurosa nuestra situación de vencidos y quedábamos de saciado a merced del enemigo. Entrábamos en una grado durísima del cautiverio. ¡Nos acomodaríamos a ella y que Altísimo fuese con nosotros!".

El divisionario gachupin permaneció en los campos de concentración de Stalin merienda abriles, un mes y diecisiete días. Se enfrentó a interrogatorios, marchas agotadoras a pie, temperaturas gélidas, penuria y la permanente incertidumbre de cuál iba a ser su destino. No lograría ser repatriado, adyacente a otros dos centenares de compatriotas que incluso se habían alistado para batallar contra el comunismo —entre otras motivaciones—, hasta principios de 1954, cuando el Semíramis les transportó desde el puerto de Odesa hasta Barcelona.

El antiguo jefe de la División Azul, capitán general Muñoz Grandes, da la bienvenida a España a Oroquieta.


El antiguo patriarca de la División Garzo, capitán común Muñoz Grandes, da la bienvenida a España a Oroquieta.
Arzalia

A su envés a España, Oroquieta trató de organizar sus memorias y plasmarlas en un texto, a lo que le ayudó otro divisionario, César García. De Leningrado a Odesa, que acaba de reimprimir el sello Arzalia siguiendo esa primera tiraje —hay otra de 1973—, es una sucesión de crónicas que testimonian la experiencia bélica y en gulag tanto del protagonista como de los otros integrantes de la División Garzo. Si perfectamente su calidad literaria es discutible, el texto fue premiado en 1958 con el Premio Franquista de Humanidades. Cosas de la propaganda franquista.

Krasni Bor

El autor avisa ya en la primera página que estos relatos constituyen "una ferviente argumento contra el comunismo, sin odio contra los hombres, pero con insobornable beligerancia frente al sistema; en cosecuencia, con los motivos ideológicos que nos movieron a la lucha, hoy tan vigentes como ayer". Sin requisa, hay en la narración un constante recordatorio del empeño por ajustarse a lo vivido: "Está muy acullá de mi humor falsear los hechos que conocí, y no quisiera caer en un apasionado prurito de censura contra todas las cosas del enemigo. Trato de limitarme a mencionar los hechos y no es mi propósito resaltar las tonalidades sombrías, llevado de un simple aparatosidad".

Oroquieta, falangista de primera orden y avezado de la Aniquilamiento Civil, fue el comandante de la 3.ª Compañía del Batallón de Reserva Móvil de la División Garzo, conocido irónicamente como el "Batallón de la Tía Bernarda" por ser utilizado en todas las situaciones complicadas. Cayó apresado por el Ejército Rojo durante la batalla de Krasni Bor, una ataque soviética para tratar de liberar el cerco de Leningrado que se libró entre el 10 y el 13 de febrero de 1943. El capitán, que resultó herido de agravación en el cuello y un auxilio, y sus 196 hombres debían defender un sector de la carretera alrededor de Moscú. Pero su resistor consecuente terminó con un baño de muerte: solo sobrevivieron trece.

Mapa de los campos soviéticos recorridos por los españoles.


Plano de los campos soviéticos recorridos por los españoles.
Arzalia

De hecho, a Oroquieta se le dio por muerto en esos combates. El común Esteban Infantes, patriarca de la DA, envió a sus padres una carta dando cuenta de su homicidio en entusiasmo de supresión: "Con otros héroes, su cuerpo yace en tierras de Rusia y allí donde los nuestros, caídos, quedarán para siempre, habrá un símbolo de respeto perenne". La clan del divisionario imprimió esquelas y solo tras la permiso de unos cautivos italianos se descubrió que seguía con vida.

Oroquieta pasó por una decena de campos y prisiones rusas, donde se encontró un "trasunto de la bíblica Confusión" en presencia de la complejidad de lenguas que hablaban los prisioneros: tudesco, italiano, húngaro, rumano... Todavía conoció a republicanos españoles que engrosaban las filas del Ejército soviético y otros que por azarosas circunstancias acabaron recluidos en el gulag.

Portada de 'Leningrado a Odesa'.


Portada de 'Leningrado a Odesa'.
Arzalia

Lo más valioso de este espléndido certificación —supera las 600 páginas— es su condición de documento humano. Oroquieta, a pesar de la carga ideológica que soporta su prosa, hace una minuciosa descripción de las condiciones a las que se enfrentaron él y sus compatriotas en los centros de internamiento de la URSS. Detalla la dieta, las prácticas quirúrgicas con las que fueron curados, las vejaciones y calvarios que sufrieron, los trabajos forzosos que hubieron de acometer —desde coger patatas hasta la construcción de bloques de viviendas en Ucrania—, las divisiones en el seno de los divisionarios, sus intentos de fuga y huelgas de penuria, etcétera.

Y de la misma forma resulta sorprendente encontrar juicios ecuánimes sobre sus carceleros. Oroquieta, que definió a los cautivos de la DA como "especiales huéspedes de Beria hasta su trágica caída", recupera escenas de horror, pero incluso de humanitarismo al contactar con los campesinos y el pueblo ruso. Una sinceridad que resume esta consejo: "El drama del cautiverio transcurrió bajo un desolado hábitat de silencio, escasamente sin espectaculares episodios de violencia".

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