Son pequeños, pero no tontos: los niños ante la ciencia

Aproximar la ciencia al ámbito inmaduro es un desafío que estimulará la curiosidad por la investigación y el conocimiento 

Escribo este artículo el día posteriormente de que hayan comenzado las holganza escolares, “dando excarcelación” a legiones de niñas y niños. Y me doy cuenta de que en mis ya más de trescientos artículos en El Cultural nunca me he ocupado específicamente de ellos. Y sin requisa, son el futuro; nadie como ellos puede aseverar: “Tengo más futuro que pasado”.

Cuando los observo me maravilla su curiosidad y capacidad de estudios, y pienso en sus cerebros, en ese pequeño universo que todos llevamos en el interior formado por cien mil millones de neuronas, cada una conectada –mediante “enlaces” eléctricos y químicos– a otras diez mil, produciendo de esta forma un conjunto de interconexiones de miles de billones.

Expresiones

Me imagino a las neuronas de los cerebros de esas niñas y niños ávidas de “establecer relaciones” con otras e ir dotando así a su “portador” de una “visión del mundo”. Y comparo ese escena cerebral con el de los adultos, en el que el espacio para establecer nuevas relaciones neuronales es mucho más acotado, inundado como está de conocimientos, de memorias...

La “capacidad de sorprenderse” delante el mundo que se abre a los niños constituye un espectáculo maravilloso

Por supuesto, esto da al cerebro del adulto múltiples ventajas, como aprender reaccionar rápidamente y con cierta seguridad delante situaciones inesperadas, pero por las que tal vez se haya ya pasado o imaginado (¿leyendo un texto?). Y qué aseverar del cerebro anciano, un “disco duro” repleto de memorias, con poco espacio para establecer nuevas conexiones, nuevas ideas. Por eso a los viejos les es más sencillo memorar el pasado que adecuarse al presente.

La “curiosidad”, la “capacidad de sorprenderse” delante el mundo que se abre a los niños constituye un espectáculo maravilloso, aunque en ocasiones al adulto pueda resultarle incluso fastidioso. Sostengo, por ejemplo, que la costumbre de los pequeños de tirar, una y otra vez, cosas al suelo no es malicia sino una manifestación de la sorpresa que representa el que los cuerpos caigan. Terminamos acostumbrándonos a esto y decimos que es consecuencia de la existencia de una fuerza a la que llamamos “peso”, pero, ¿no es sorprendente que exista equiparable fuerza, equiparable poder?

Un futuro cambiante

Sé perfectamente que los niños deben pugnar, que esto constituye igualmente una forma de largarse al mundo, de conocerlo, pero incluso en estos pocos meses que no
tienen colegio no está de más ayudar a estimular sus poderosos cerebros en direcciones que les permitan enfrentarse a un futuro que aventuro cambiante y difícil.

Formamos parte de una especie animal, Homo sapiens, extremadamente capaz; podemos tener limitaciones, “defectos de fabricación”, ser más o menos trabajadores, más o menos dotados en esto o aquello, más o menos “torpes”, pero somos unas máquinas orgánicas extraordinarias, fruto de procesos de prueba y error desarrollados a lo espléndido de millones de primaveras.

Dedos prensiles

Todos necesitamos de estímulos, de ánimos, así que no nos cansemos de aseverar a niños y niñas que, por ejemplo, se paren un momento a pensar en sus luceros, ¿le puede parecer a cualquiera que quien posee un “utensilio” con semejantes capacidades no es un ser extraordinario? O que miren sus manos y contemplen la maravilla que es la perfección del diseño de una aposento capaz de agarrar (dedos prensiles u oponibles), terminada en dedos espatulados y blandos que pueden sostener y manipular objetos independientes.

La punta de los dedos, una de las zonas con más terminaciones nerviosas del cuerpo humano, constituye un detector increíble: nos suministra una información copioso y fiable (tacto). Y si pensamos en nuestro cerebro, ¡menudo artefacto! Décadas y décadas de esfuerzos de sesudos investigadores en Inteligencia Sintético no han conseguido poco parecido. Nuestro cerebro nos permite cosas como el “pensamiento simbólico”, la capacidad de crear y articular ideas que no tienen una existencia material, aunque se relacionen con ésta. Y si nos detenemos en el estilo, nos daremos cuenta de que aunque muchos otros animales emiten sonidos, conseguir que estos sean representaciones orales de objetos e ideas es poco reservado a nuestra especie.

Experiencia inolvidable

Un gimnasia que recomiendo para los que ya estén en primaria, y que proporcionadamente puede practicarse fuera del colegio, es la demostración del teorema de Pitágoras (la suma de los cuadrados de los catetos de un triángulo rectángulo es igual al cuadrado de su hipotenusa). Es muy visual, sencillo de entender y constituye una experiencia inolvidable; les amplía su visión del mundo, porque se dan cuenta de que existe un universo mental al que pueden consentir, asomándose así a territorios que esconden muchos otros tesoros intelectuales.

Contemplar un cuadro de Velázquez, de Sorolla o de Picasso, analizar un poema de Honor Fuertes, las aventuras imaginadas por Alejandro Dumas, Daniel Defoe o Roald Dahl, incluso aventurarse con algún texto de Shakespeare, escuchar una aposento de Mozart o una canción de los Beatles, o de Alejandro Sanz (¡o de quien esté más de moda ahora!) pueden suscitar emociones o sensaciones inolvidables, pero no del tipo de las que provoca comprender la demostración del teorema de Pitágoras, un pedacito de una disciplina muy singular, la Matemática, posiblemente un utensilio único para apreciar que aunque no seamos una especie elegida, sí somos privilegiada en lo que a posibilidades y variedad de comprensión se refiere.

Cosas verdes

Muy frecuentemente, aprovecho estas páginas para hacer alguna recomendación de libros. La lista inmaduro y lozano es inmensa, pero permítanme unas pocas, subjetivas, recomendaciones “veraniegas”. Del siempre atractivo, tanto para jóvenes como para mayores, cosmos: Historias de Astronomía (Siruela, 2022), de Gertrude Kiel, y Un fin de semana espacial (Nórdica, 2022), de Gaëlle Alméras. Sobre la naturaleza, Cosas verdes (Errata Naturae, 2022), de Ole Mathismoen y Jenny Jordahl, autores igualmente de ¿Pero qué pasa con el clima? (Errata Naturae, 2021), asunto del que hay que ser consciente desde pequeño. Y, ahora que las playas constituyen un destino frecuente, Océanos… y cómo salvarlos (Errata Naturae, 2022), de Amandine Thomas. Todos son libros ilustrados.

En cualquier caso, pequeñajos, ¡felices holganza! ¡Ah!, por protección, dejad de banda por unas semanas los móviles y demás artilugios electrónicos. Si hay que mirar, mejor observar lo que está “ahí fuera”. Sin olvidar pensar, esto es, utilizar ese universo que lleváis en el interior de vuestra inicio, poco para lo que los libros ayudan proporcionado. Sois pequeños o ya no tanto, pero no tontos.

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