'Il buco', bello viaje al centro de la Tierra

Michelangelo Frammartino narra la expedición de unos jóvenes espeleólogos a las profundidades del Sima de Bifurto en los primaveras 60. El filme, que ganó el Premio Exclusivo del Grupo en Venecia, es un festín para los sentidos

En los primaveras 60, en una recóndita pueblo de Calabria, los vecinos atienden ensimismados a la televisión situada en la puerta del que suponemos que es el único bar de la población. Sentados en el suelo, en completo silencio, ven en la pantalla a un reportero ascender por la figura del rascacielos Pirelli de Milán en un rudimentario montacargas foráneo. “Actúo para que ustedes participen de las emociones”, dice el periodista. “Mi cometido es llevarme conmigo al notorio, a los espectadores que están en casa, y aparecer poco a poco, desde la planta desestimación hasta los 120 metros de valor”.

En este pasaje situado en el comienzo de Il buco, el director Michelangelo Frammartino (Milán, 1968) no solo establece el enorme contraste entre el próspero ártico de Italia y ese sur edénico en el que se sitúa la película, donde no hay señal de la modernidad, sino que parece hacer una exposición de intenciones. Las palabras del reportero admisiblemente podrían ser las del propio Frammartino, y es que adicionalmente son las únicas inteligibles que escucharemos durante los 93 minutos del filme, por lo que conviene no tomarlas por anecdóticas.

No le interesan los diálogos al cineasta italiano, que siquiera los usaba en sus dos películas precedentes, las ya lejanas Le quattro volte (2010) y Il dono (2006). Prescinde todavía de ellos aquí para mostrar cómo unos jóvenes espeleólogos exploran en la zona una sima que resultaría ser la cueva más profunda de Europa, el Sima de Bifurto, a 700 metros bajo tierra. Siquiera se encuentran entre las inquietudes de Frammartino las narrativas clásicas y el diseño tradicional de personajes, por lo que su estilo resulta muy personal. En Il buco la ficción se acerca al documental antropológico y es difícil no tomar las imágenes facturadas como verdaderas.

Ahí está ese anciano pastor, de rostro tostado y ajado por décadas a la intemperie, que observa todos los días, desde el borde de la montaña, a sus vacas pastar cerca de la boca de la sima. La aparición de los forasteros, que acampan en el lugar que hasta ese momento solo él disfrutaba, le perturba tanto que sufre un colapso. El mismo desmoronamiento que está a punto de probar una forma de vida que se remonta siglos a espaldas y que la globalización se dispone a barrer para siempre.

Iluminación prodigiosa

Con inclinación naturista, reconstruyendo a la perfección las técnicas espeleológicas de la época, el director nos lleva al interior de la cueva en secuencias prodigiosamente iluminadas con las rudimentarias linternas de los exploradores o con esas revistas prendidas con fuego que les servían para conocer la profundidad de los abismos. Sin acudir en ningún momento al afectación, Frammartino consigue transmitir la necesaria sensación claustrofóbica y hacer partícipe a los espectadores de la aventura, como el reportero trataba de hacer en su ascenso al rascacielos.

Pero Il buco es mucho más que eso, y en su intención de mostrar la colisión entre ártico y sur, establece interesantes ideas visuales que asocian el descenso a las profundidades de la tierra con el decaída del estado de salubridad del pastor, el único personaje en realidad individualizado del filme, el único merecedor de un primer plano. Así, el haz de luz de la linterna de uno de los espeleólogos que perturba la oscuridad de una galería se convierte en el haz de luz con el que el médico, llegado a la cabaña en adoquín, observa los fanales mortecinos del personaje. De guisa inapelable, cuando los jóvenes tocan fondo, la vida del pastor llega a su fin.

El pastor de 'Il buco'


El pastor de 'Il buco'

Cine de autor que no hace concesiones, pero que siquiera se realiza de espaldas al notorio, Il buco es, sobre todo, una obra bellísima, estéticamente impecable. Frammartino nos ofrece un festín para los sentidos, con impresionantes y cristalinas imágenes de la despampanante naturaleza de la zona, capturadas por el director de fotografía suizo Renato Berta, colaborador de Jean-Luc Godard, Amos Gitaï o Alain Resnais. Se podría afirmar que la película trasciende la escalera humana, como si un poder celestial, o quizá telúrico, fuera quien manejara la cámara.

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