Veinticinco primaveras separan las crisis comunicativas mayores de la comunidad actual británica, los mismos que se cumplen ahora, con la homicidio de Isabel II.
En la serie The Crown hay un momento especialmente irónico en el que la reina (el personaje interpretado por Claire Foy) afirma: “el problema es que tengo el tipo de cara que, si no estoy sonriendo, entonces todos dicen, 'Oh, ¿no está enojada?’”. La persistencia de la soberana de los británicos, su constancia en las funciones que ha ejercido durante siete décadas y su ademán impertérrito, que ahora sin duda pasan a la categoría de históricos, han estado íntimamente unidos, muy a su pesar quizá, a los avances del audiovisual.
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La importancia de las imágenes puede parecer a veces ser exagerada pero, si uno hace una breve cronología de la comunicación humana (como por ejemplo la de Rogers, 1986), parece racional pensar que para los miembros de una institución tan hermética como la monarquía inglesa, los nuevos medios se convirtieron en un auténtico talón de Aquiles, mostrándoles cada vez más como seres humanos, alejándoles de un cierto status iconográfico que por su parte se esforzarían en perdurar. Sin confiscación, una suerte de maldición mediática, cada venticinco primaveras, haría memorar a la casa actual de Windsor que nadie, ni siquiera ellos, podrían escapar al siglo XXI.
Isabel II del Reino Unido había nacido en 1926, cuando no existían aún las transmisiones televisivas y de radiodifusión con horarios, y los monarcas estaban libres del exploración: generaban imágenes, eso sí, que eran herederas de las pinturas, flemáticas y poderosas, cuidadosamente ejecutadas y formando parte de otro ecosistema. Pero los nuevos medios no dejarían de demorar, como una avalancha. Su bodorrio, por ejemplo, coincidió con el origen del disco tocadiscos en 1947, así que su historia de inclinación fue una de las primeras que pudo tener una bandada sonora.
En el año 1957, por atrevimiento personal, Isabel II daba su primer mensaje navideño televisado. "Hoy es histórico porque la televisión ha hecho posible que muchos de ustedes me vean desde su casa el día de Navidad. Mi propia comunidad se reunió para ver la televisión. Están en este momento como yo los imagino a ustedes", dijo en aquel entonces. Sin confiscación, ‘la maldición del cuarto de siglo’ no tardaría en suceder, hasta tres veces.

Primer mensaje navideño televisado de la Reina Isabel II
EN 1972, HACE JUSTAMENTE 50 AÑOS
Sin puesto a dudas, Isabel II representará ya para siempre un maniquí de control íntegro sobre su imagen pública. Sin confiscación, se cumplen ahora cincuenta primaveras (en 1972, el mismo año en el que se inventaba el microcontrolador) de su primera crisis mediática audiovisual: la monarca prohibía la difusión de un documental de la BBC que se había cromo con su consentimiento durante meses, y que se almacenaría definitivamente en las colecciones reales. Tras visionarlo, tomaba una atrevimiento actual: la idea de contar la vida cotidiana de la realeza británica para acercarla al pueblo, textualmente, no iba a funcionar.
Desde ese momento, se marcaba un punto de inflexión en la forma de pensar de la reina, y no habría nunca más un cambio de su organización: cumpliría con su tarea y haría de lo mediático (y lo tecnológico) un colección al que apostar muy seriamente. Sin confiscación, los adelantos no perdonaron y la era de la comunicación llegó, imparable. Aproximadamente el año que la monarca cumpliera 50 primaveras comenzaría la comercialización de las grabadoras portátiles de audio (walkmans) y de los videocassettes, que se convertirían, definitivamente, en la gran pesadilla: ya no sólo existían las emisiones puntuales, ahora cualquier britano y cualquier extranjero podría aprender cualquier aparición pública, verla y retornar a verla mil veces o, peor aún, mostrarla a otros y distribuirla.
EN 1997, HACE JUSTAMENTE 25 AÑOS
La tecnología, imparable, trajo los ordenadores, y con ellos, se desarrollaron las ideas de conectividad que desembocaron, amoldonado ahora hace 25 primaveras, con la tormenta perfecta, en un nuevo topetazo para un sistema caracterizado por el hermetismo: el origen de Google, y el fallecimiento de Diana de Gales (que había jugado en primera su relación con los medios, convirtiéndose hasta su homicidio en la celebridad con el récord Guinness de portadas). En centro de un enorme escándalo que llevó su cobertura hasta el paroxismo y generó en muchas personas una simpatía por la princesa del pueblo y una animadversión por la institución que eran las dos caras de la misma moneda.
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Repasando a vuelapluma sus últimos veinticinco primaveras, la reina Isabel II ha vivido estoicamente el origen de las redes sociales, el renacer de los medios nativos tras la homicidio del papel, los profusos contenidos en las plataformas digitales sobre su comunidad, con títulos como “Spencer” o “The Windsors” y el exploración instantáneo de cada uno de los gestos monárquicos o de su entorno (inalcanzable no mencionar la entrevista de Oprah Winfrey a los duques de Sussex), que no sólo sucedían una vez, sino que se quedaban en la red y en las redes, rebotando sin detener.
Sin confiscación, hoy especialmente, hay que inspeccionar a la Reina tras sus siete décadas de reinado que estaba en lo cierto: uno puede no tener el control de los demás, pero siempre puede tenerlo sobre uno mismo. Férrea defensora de su imagen, a los 81 primaveras, decidió transmitir su mensaje de navidad por YouTube. Despidió a su marido con una elegancia inolvidable, en centro de la pandemia COVID-19. Y supo calcular sus apariciones con una precisión milimétrica para demorar al Solemnidad sin perder su popularidad.

Un holograma de la reina durante el Solemnidad de Platino de Isabel II
Gtres
“Primero la electricidad, ahora los teléfonos. Me siento como si estuviera viviendo en una novelística de H. G. Wells”, afirmaba el personaje de Maggie Smith en Downton Abbey. Probablemente para la Reina Isabel II haya sido así, como si la novelística que ella se esforzaba por escribir se fuera transformando en una película, como si las palabras fueran dando paso a las imágenes, y como si lo que ella quería dejar escrito con una elegante pluma de tinta plateada terminara en movimiento, inevitablemente, por cuestiones cada vez más incomprensibles.
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