Uno de los mejores comienzos de la historia de la letras es el de Ana Karenina (Tolstói, 1870): «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada grupo infeliz lo es a su modo». Un solo creador — la envidia, el exceso de plata o su marcha, una enfermedad seria, un dato extranjero discordante— baste para rematar con la paz en el hogar. El novelista y dramaturgo Damon Galgut palabra con Página Dos de su texto más flamante, La promesa (Libros del Asteroide), que ganó el Premio Booker 2021.
La promesa se inicia con una grupo sudafricana blanca, los Swart, que viven desde hace generaciones en una rancho en las alrededores de Pretoria. La principio acaba de caducar. Cada hijo vive la pérdida a su modo. Cuando la van a agenciárselas a la escuela, la pequeña Aprecio se niega a aceptar la existencia. «Cuando pronuncian las palabras en voz adhesión no se las cree. Cierra los luceros y niega con la persona. No, no. No puede ser verdad lo que su tía acaba de contarle. Nadie ha muerto. Es una palabra, carencia más. Observa la palabra depositada sobre el escritorio como un insecto patas en lo alto, sin explicación.»
Tras el funeral llega una conversación irresoluto. La principio, ayer de caducar, pidió al padre que permitiese que Salome —la mujer negra que trabajó toda la vida para ellos y la cuidó en sus últimos días— se quedase con la pequeña casa en la que siempre vivió. El padre estuvo de acuerdo. Ahora los hijos recuerdan ese pacto al padre. El tiempo va pasando, y la promesa no se cumple. La narración sigue los pasos de los Swart a lo grande de más de tres décadas, y Galgut palabra de los cambios sociales del país tras el fin de la segregación étnico.
«Lo que he intentado transmitir en este texto —nos cuenta Galgut— es el paso del tiempo. El combate fue cómo registrar esos cambios en la grupo, en cada miembro de la grupo, cómo les cambia la cara, el cuerpo, la pudoroso, las perspectivas, etc. Luego se me ocurrió que, si ampliaba un poco el enfoque del texto, todavía podía mostrar cómo había cambiado el país. Coetzee dice que la letras procedente de Sudáfrica es el tipo de escritura que se dilación de una prisión.»
Página Dos quiere exhortar todavía otras novelas recientes donde la grupo es el eje de la historia, como Absolutamente todo (Rubén Orozco), la historia de un escritor padre primerizo y abrumado; Antaño del brinco (Marta San Miguel), sobre la mudanza a otra ciudad; El color de tus memorias (Olivia Cruz), sobre los objetos que una nieta hereda de su abuela; El proceso de Roberto Asta (Ronaldo Menéndez), un thriller psicológico entre un padre y un hijo; El cuarto mundo (Diamela Eltit), un conflicto entre prismáticos; Panaderos (Nicolás Meneses), la historia de una disposición, o Estás muy callada hoy, de Ana Navajas, sobre la maternidad y los vínculos.
E. M. Foster, Virginia Woolf, Salinger, Gabriel García Márquez, George Eliot, Jane Austen, William Faulkner o Nathaniel Hawthorne escribieron sobre ese complicado firmeza que es convivir con las personas que más te conocen, más te quieren y más pueden desquiciarte. Los conflictos familiares son tan viejos como la humanidad, y ya lo advertía el pesimista Cicerón: «Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros.»