'La obra de una vida' es una selección de ensayos publicados por el intelectual húngaro ayer de ser perseguido por el régimen comunista, que prohibió sus obras
No es azaroso que Béla Hamvas (Presov, Eslovaquia, 1897 - Budapest, 1968) inicie uno de sus ensayos (“La cama”) con una particular observación de Aldous Huxley: éste calculó que “el círculo del silencio se estrecha trece kilómetros y medio por año”. Un cerco que obedece al asalto de la sinrazón, al avanzar del clamor.
La conciencia del aislamiento podría ser la poética de este intelectual húngaro que vivió sitiado, si podemos decirlo así, por las autoridades comunistas que censuraron su toma de partido en honra del arte impreciso.
La defensa de unas lúcidas ideas le costó la prohibición de sus obras durante los últimos vigésimo primaveras de su existencia, apagada en 1968. Quizá era una premonición, mucho ayer de que tuviera circunscripción la arribada de Iósif Stalin, el título de la revista que fundó en los primaveras treinta anejo al gran filólogo Karl Kerény y los escritores Antal Szerb y László Németh: Sziget (Isla).
Tiene sentido que un pensador que pierde la biblioteca y el hogar a causa de un instigación en 1945; que, desposeído de todo, se ve obligado a trabajar en un huerto para cobrar el sustento; que vive confinado en distintas provincias como empleado de la construcción de centrales térmicas, escriba sobre la figura de Orfeo, protagonista de uno de los ensayos centrales de La obra de una vida, título de la admirable selección y traducción de Adan Kovacsics.
Orfeo es el protagonista de un descenso al Hades. Sin secuestro, más allá del rescate de Eurídice, lo que cumple este héroe tracio es una descendimiento al abismo propio, a ese que, de un modo u otro, todos tenemos en tanto que humanos, un penetrar en las sombras de nuestra condición, quebradiza y rehilada de claroscuros.
Hoy, el delirio interior al país de los que ya no regresan encarna la caída de quien descubre las fisuras de la Modernidad, y las tienta. Profundizar en otro espacio desprovisto de tiempo es la desafío de Hamvas.
Que así ocurra tiene sentido si tenemos en cuenta las continuas referencias a la filosofía uruguayo, cuya esencia es el orden, entendido como fundamento del asimilar: “El orden metafísico (India, China); el orden objetivo del cosmos (Orfeo); el orden religioso y pudoroso (Irán, Judea); el orden de la existencia humana aquí y en la gloria (el Evangelio)”. Béla Hamvas, que evoca a Charles Péguy para sostener: mystique au lieu de politique, ve en todo la dispositivo.
La conciencia del aislamiento podría ser la poética de Hamvas, un intelectual húngaro que vivió sitiado por las autoridades comunistas que censuraron su toma de partido en honra del arte impreciso
En el preparación que da título a este bulto se cuestiona al hombre que indagación ocultarse en el sistema, “necesario siempre de demostración”. Y de afirmación.
Sabemos que los sistemas han sido unos cepos del pensamiento occidental, por eso Hamvas cree, y quizá con toda razón, que lo “auténtico de Europa” no lo dictaron Tomás de Aquino, René Descartes, Immanuel Kant y Hegel, sino los moralistas, los reacios a los sistemas, los maestros en la resplandor de una frase, los ya liberados del miedo a cualquier contradicción: Michel de Montaigne, Franck, Erasmo, Blaise Pascal, Soren Kierkegaard, Georg Christoph Lichtenberg, Nietzsche, es sostener, filósofos-escritores, espíritus que viven un codo a codo con el destino; lo aceptan.
La travesía de Béla Hamvas se hace más órfica por la constante presencia de la música, de ahí los capítulos dedicados a Robert Schumann, Franz Liszt y Béla Bartók. Piensa que el jerga de las notas, pese a su inocencia, lo sabe todo sobre el mundo.
