Montero Glez: “Un autor de culto es el que debe su éxito al prestigio de su fracaso”

El escritor regresa a la entorno insignificante con la novelística ‘Carne de sirena’, una historia inquietante ambientada en Galicia con el narcotráfico como telón de fondo

Aunque madrileño residente en Cádiz, la experiencia de un año viviendo en Galicia le ha respetado para sacarse de la manga otra novelística "puro Glez": atracadores, cazadores de ocas, curas viciosos, amantes y narcos enmarcados en una Galicia misterioso que, por sí misma, se erige en personaje. Carne de sirena (Temas de hoy) es la nueva obra de Montero Glez (Madrid, 1965), que calma al otro costado del teléfono sumergido en los cuentos de William Faulkner.

“¿Cómo va todo por Madrid? ¿Ya os dais abrazos?”, pregunta, y lo que suena como una broma en relato al comportamiento de la masa con respecto a la crecimiento de la Covid 19, no es más que una curiosidad actual. “Yo es que aquí no veo a nadie, entonces no sé…” Desde la playa de la Barrosa, en Chiclana de la Frontera, el escritor consume sus días entre los sonidos jazzeros que emite la trompeta de Chet Baker y las películas, “una al día”, que le transportan a otros mundos.

Le gusta pasear, dice, y escribe más cuando camina que cuando se sienta. “Ya sabes, observo. Me dejo seducir por las historias”. Montero Glez libera las palabras en cuadernos cosidos (“no en espirales porque se me oxidan”), una intrepidez que lo conduce a una doble tarea: verter en un procesador de textos lo que escribió antiguamente a mano. “Si no lo hiciera así, no avanzaría”, asegura, pues le contraria la posibilidad de suprimir lo que se va escribiendo.

De su carácter vagabundo se desprende la epíteto que hace primaveras algunos le colgaron y él rechaza: “Un autor de culto es el que debe su éxito al prestigio de su fracaso”, dice con rotundidad en lo que pudiera favor sido una frase de una de sus novelas, cuyo esmero en la expresión depurada ha sido un atributo indiscutible a la hora del agradecimiento, casi general, por parte de la crítica a lo desprendido de décadas.

Pregunta. ¿Qué significa esta novelística en su trayectoria? ¿Por qué llega ahora?

Respuesta. Mi padre falleció recientemente, así que es un homenaje. Cuando salí del hospital, me senté en un lado y busqué un charco donde se reflejasen las estrellas. Me asaltó un memoria de un hotel en Madrid donde estuve hospedado para presentar Sed de champán. Hice el exorcismo a partir del dolor. Esto se ha relacionado con el trauma colectivo de la pandemia, por lo que además ha sido una novelística curativa a partir de una historia de terror.

P. ¿Cómo es que le interesan tanto ese tipo de personajes un poco extraviados?

R. Trabajo los personajes que se mueven en los márgenes, sí. No avenencia letras en el hombre mediocre. Franz Kafka y Nikolái Gógol demostraron que sí la hay, pero hay que tener mucho talento para llevarlo a punta. No me atraen los campos de golf, sino los escombros y los extrarradios. Yo miro la vida a través de un cristal desaseado, lo que hace que los personajes tengan esos claroscuros.

"La única cosmografía que existe para un escritor es el papel en blanco"

P. Sin requisa, no reside en un ocasión de esas características, sino más proporcionadamente todo lo contrario. Cádiz es la ciudad de la alegría y la masa cálida.

R. La única cosmografía que existe para un escritor es el papel en blanco. Yo puedo proceder en Cádiz y escribir sobre Galicia y mañana puedo irme a Londres y escribir sobre Cádiz. Nadie necesita escribir en un sitio bucólico, sino una historia. Carencia más.

Carne de sirena es esa historia esta vez. Un tipo “esforzado a la forma de quien no tiene dudas ni esperanzas” se ve envuelto en una trama psicológica que nos desvela el destino del protagonista en la primera frase: “El zaguero día de su vida, Andrés Bouza se hizo a la mar temprano, sin dar importancia al complicado presagio del Paraíso”.

La novelística negra de los códigos más atmosféricos que narrativos es donde el autor se mueve como pez en el agua. La trama, llena de giros, escenas inquietantes que rozan el disparate y flashbacks que nos llevan a otras historias, concede además un importante espacio a lo filosófico y lo poético. Encarnada en la tormenta, la homicidio gravita como esperando su momento en esta novelística donde los diálogos adquieren un relieve transcendental. “Todo espíritu celeste no es más que un demonio proporcionadamente dominado”, dice como un aforismo.

Un ocasión donde “hasta la venida de la fariña, la maldad estaba disimulada”, como se apunta en un pasaje, resume proporcionadamente el mundo decadente que ha querido retratar Montero Glez. Con descripciones minuciosas muy logradas, los escenarios decrépitos y desvencijados representan el estilo de uno de los más fieles herederos de la tradición esperpéntica de Valle Inclán.

P. ¿Qué importancia tienen los espacios en la configuración del relato?

R. Mucha. Sobre esta novelística en concreto, es procedente contar que a los 30 primaveras me fui de Madrid y antiguamente de venirme a Cádiz, estuve en Galicia un año. Me envolví en ese bullicio un tanto ojival y asfixiante que tanto me interesa, del que Edgar Allan Poe es el hábil.

P. Posteriormente de los barrios bajos de Madrid en sus primeras novelas y la Bahía de Cádiz en Pistola y cuchillo, ¿por qué ha escogido esta vez Galicia como espacio para ambientar Carne de sirena?

R. Muchos primaveras luego de mi estancia en Galicia, abrí el arcón de libretas donde tomé apuntes que conservaba desde 1995. Por otro costado, el volumen Fariña, de Nacho Carretero, fue una revelación para mí y determinó que yo escribiera esta novelística. Es de lo mejor que se ha hecho en el periodismo durante los últimos primaveras y descubrí que a partir de ella se podía hacer ficción.

"No me atraen los campos de golf, sino los escombros y los extrarradios"

P. Para escribir Sed de champán confesó que mantuvo contacto con los drogadictos para impregnarse del carácter de sus personajes. ¿A quién se ha acercado esta vez?

R. Soy fumador de chocolate, y en esa época adicionalmente fumaba tabaco criollo de contrabando y Marlboro de artesa. Cuando llegué a Galicia, me di cuenta de que había un polen buenísimo. Me sorprendió casi tanto como el trato con la masa que lo vendía, que era muy común: hombres mayores que jugaban al dominó, por ejemplo. No tenía nulo que ver con las barriadas de Madrid. El gallego es muy serio para los negocios, y desde el volumen de Nacho (Carretero) comprendí que los narcos utilizaban las antiguas rutas del contrabando. Tenían una importante infraestructura montada, ahí había una novelística.

P. En un momento se dice que “había sido una temeridad salir a la mar”. ¿Qué representa el mar en esta novelística?

R. “Es un monstruo, una esfinge incomprensible; muerto es el laboratorio de la vida, inerte es la representación de la constante inquietud”, decía Pío Baroja con Shanti Andía. Lo imprevisible que resulta manifiesta las dos partes de la naturaleza: lo doméstico que se vuelve salvaje. Es exactamente lo que me interesa de la novelística: una historia que te sorprenda conforme avanzas con la repaso.

P. Por otra parte, hay una presencia importante del relato verbal.

R. Es el origen de la novelística moderna. El Idealista es una caja de sorpresas que te lleva de una historia a otra. Siempre tengo presente el surtido cervantino. La mayoría de las novelas que se hacen ahora dan la espalda a Cervantes, no lo han enterado. Yo, sin requisa, tengo una tradición muy arraigada y estoy esperando con ganas la hechos de Santiago Muñoz Machado. El zaguero gran novelista de los últimos primaveras, Juan Marsé, es heredero con la oralidad de las aventis. Tenía claro que, como morapio a decirnos Juan Carlos Onetti en su párrafo fundacional, por mucho que cuentes una historia actual, tiene que tener un punto de ficción.

"La mayoría de las novelas que se hacen ahora dan la espalda a Cervantes"

De la engendramiento de Marsé, los poetas Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo o el cronista Manuel Vázquez Montalbán, hubo una figura fundamental, el perturbador Mario Muchnik, mi padre poético, recientemente fallecido. Carne de sirena es la primera obra que no leerá. La última que editó fue Pistola y cuchillo, dedicada a Camarón. Si no fuera por él, no tendría la dimensión de autor que tengo. Con él ha muerto la tirada tal y como la entendíamos. Ya no hay editores, sino masa que trabaja en editoriales. Con la homicidio de mi padre y la de Muchnik, es como si la geometría del azar hubiera participado en la publicación de esta novelística.

P. Premeditadamente de los inmortales o, más proporcionadamente, los que no deberían expirar nunca, y a partir de su interés por la ciencia y esa relación qué tiene con el arte, ¿qué opina del transhumanismo y eso de que seremos eternos?

R. Tiene que ser muy duro mirar a un costado y a otro y no ver a nadie de los que te acompañaron. La vida es un rito de paso, un mundo de partículas y lo mejor que tiene es que no es para siempre.

P. Hace unos primaveras desmitificaba la Transición en El Cultural, antiguamente incluso de que viniera a hacerlo Podemos, a quienes les dedicó ¡Al cajón. Crónica de un mitin! ¿Cómo cree que veremos esta situación política en el futuro?

R. Yo solo tengo fe en el desconfianza y desde el desconfianza contemplaré el pasado en el futuro, que será presente. La sociedad se ha arraigado en la pertenencias y debería ser al contrario. Asomarme a la existencia político-social me genera impotencia. No creo que ya se pueda hacer nulo. Sin requisa, creo en el individuo, no en las masas. Creo que las razones individuales imperan sobre las colectivas, que se han desaliñado al provecho y el criterio cuantitativo. Lo único que me interesa es la expresión cultural porque es la belleza lo que me hace atrevido.

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