El recién proclamado rey Carlos III, hijo de Isabel II, tiene dos predecesores con el mismo nombre. Desvelamos lo más significativo de sus vidas
Carlos de Inglaterra acaba de ser proclamado nuevo rey inglés tras la asesinato de su hermana, Isabel II, el pasado jueves. Tras una paciencia de más de medio siglo como heredero, accede al trono renunciando a cambiarse el nombre, al contrario de lo que apuntaban algunas especulaciones. Será Carlos III y tiene un objetivo firme: "Me esforzaré en seguir el ejemplo inspirador de mi hermana", ha asegurado en el Consejo de Ascenso. Pero ¿quiénes fueron los dos anteriores? Tras un reinado de siete décadas, el hijo de la sempiterna soberana es de sobra conocido, pero no todos saben quiénes fueron Carlos I y Carlos II.
Carlos I, el ejecutado
Carlos I de Inglaterra y de Escocia nació en 1600 y accedió al trono con 25 abriles, tras la asesinato del rey Jacobo I. No sabía que en aquel momento acababa de atravesar el ecuador de su vida, pues en 1649 fue ejecutado. El segundo hijo del rey y la reina de Escocia creció entre algodones, pero estaba enfermo con frecuencia, tenía dificultades para caminar, era tartamudo y durante su infancia permaneció a la sombra de su hermano decano, el presumible heredero. Para colmo, fue sentenciado a pena de asesinato por adhesión traición al Estado tras perder una pleito civil que explotó por un conflicto en el Parlamento.
Desde sus inicios en el trono, los principales conflictos políticos internos se debieron, paradójicamante, a la política exógeno. Los parlamentarios se mostraban a confianza de un ataque naval económico contra los territorios españoles en el recién conquistado continente yanqui y Carlos, sin requisa, abogaba por una movimiento más costosa. No obstante, ya en su primer Parlamento, inaugurado por él mismo en mayo, se opusieron a su alianza con la católica Enriqueta María de Francia. Los parlamentarios sospechaban que Carlos levantara las restricciones a los católicos y el protestantismo oficial se viera lastrado.
La segunda sesión parlamentaria, en 1629, no fue más exitosa que la primera, clausurada por el propio rey. El crimen del duque de Buckingham no mitigó la exasperación entre el rey y el Parlamento. Esta vez, la desacuerdo correspondía al impuesto sobre el tonelaje y el peso (dos variedades de derechos de aduanas) y una de las resoluciones declaró que cualquier persona que pagara el tonelaje o el peso no facultado por el Parlamento "sería claro un traidor de las libertades de Inglaterra, y enemigo de las mismas".
Si acertadamente no se ejecutó en aquel momento, las rencillas no remitirían hasta la condena final del monarca. La Revolución inglesa, que a la postre acabaría incluso con su hijo, estalló en 1642. La primera de las guerras civiles entre realistas y parlamentarios terminó con la cabecera de Carlos I. En enero de 1649, la Cámara de los Comunes convocó un acto parlamentario que se resolvió a confianza de su descabezamiento.
El revolucionario Oliver Cromwell, que lideraría la República que se instauró a continuación, permitió que la cabecera del rey fuera cosida a su cuerpo, y así su tribu pudiera despedirse de él. Cuentan que pidió dos camisas como postrer deseo. Aquella mañana del 30 de enero era gélida y Carlos I no quería que sus enemigos lo vieran temblando. "Ni siquiera de frío", añadió.
Carlos II, el "alegre monarca"
Con la caída de la República, el hijo de Carlos I accedería al trono en 1660, dos abriles a posteriori de la asesinato de Cromwell. Cuando mataron a su padre, tenía solo 18 abriles y estaba en el expatriación, pero Escocia lo declaró rey Carlos II en los albores de la República. Rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda hasta su asesinato en 1685, fue quien restableció la monarquía y la dinastía de los Estuardo en Gran Bretaña.
El avance al trono pasará a la historia por la determinación que impuso. Antiguamente de iniciar su reinado, ordenó la ejecución de quienes en su momento firmaran la sentencia de asesinato de su padre. Incluso mandó desenterrar al propio Cromwell para que, como Carlos I, fuera decapitado. Asimismo en 1660 firmó una tregua con España que supondría el final del conflicto.
Sin requisa, supo tramitar este despliegue de autoridad mejorando sus relaciones con el Parlamento, precisamente el talón de Aquiles de su padre. A su arribada, lo disolvió y solo un año a posteriori ordenó reconstituirlo. Encima, su delegado revela un asombroso interés por la civilización. Durante su reinado, reabrió los teatros que se cerraron al inicio de la Revolución y permitió que las mujeres interpretaron los papeles femeninos, ayer reservados solo a los hombres. Su amor por las artes y las ciencias era tal que el astrónomo Edmund Halley nombró a la suerte alfa de los Lebreles como Cor Caroli (corazón de Carlos).
No sería la civilización la única inquietud que le reportaría placer. Carlos II será siempre recordado por su auge de mujeriego. Entre todos los hijos ilegítimos, 14 de ellos fueron "reconocidos". Catalina de Portugal, su esposa, fue la víctima de aquella encendida concupiscencia. Con destino a el final de su vida, sin requisa, abrazó el catolicismo. Se convirtió, luego, en el primer católico que reinaba en Inglaterra desde la asesinato de María I en 1558.
Un ataque repentino de apoplejía acabaría con su vida cuatro días a posteriori. Le sucederá Jacobo II, pero solo durará tres abriles como monarca. Muchos especularon con la idea del envenenamiento, pero finalmente se demostró que no fue así. El 2 de Febrero de 1685 fue la última vez que en Inglaterra reinó un monarca con el nombre de Carlos. Hasta hoy.