Según el estadounidense 'Institute for the Study of War', Rusia puede estar preparando poco parecido en Transnistria y Bielorrusia.
Casi todas las guerras de Rusia empiezan con "ataques de falsa bandera", es aseverar, con ataques organizados de grupos especiales que se pretenden hacer advenir por provocaciones del banco contrario. Aunque luego las narrativas cambien con el tiempo, en principio así se refuerza el discurso "buenista" del Kremlin, ese "no nos quedó más remedio" del que tanto abusa para zanjar culpando de la acometida al agredido. Ataques de falsa bandera hemos gastado en Georgia, en Siria, en Crimea y vimos el año pasado por estas fechas en el Donbás. Según el estadounidense Institute for the Study of War, Rusia puede estar preparando poco parecido en Transnistria y Bielorrusia.
Al parecer, la inteligencia ucraniana habría detectado movimientos intensos de tropas y vehículos con uniformes muy parecidos a los de su ejército. Esto coincide con los constantes avisos por parte del entorno del Kremlin de un ataque de este tipo. En el caso de Transnistria, región prorrusa escindida en la habilidad de Moldavia y fronteriza con Ucrania a pocos kilómetros de Odesa, cuadraría con las acusaciones que hizo recientemente la presidenta moldava, Maia Sandu, en las que aseguraba que Rusia estaba preparando un contratiempo de estado para expulsar al gobierno proocidental del país.
Cuadra todavía, por cierto, con las afirmaciones de la agencia TASS de este jueves en las que se alertaba precisamente de un intento de invasión ucraniana de Transnistria. ¿A santo de qué? Obviamente, no se especificaba, pero probablemente sea una guisa de ir alisando el contorno para su propio intento de invasión en defensa de la región rusófona familiar al Kremlin. De confirmarse esta hipótesis, Transnistria, hasta ahora con un status alegal de independencia respecto a Moldavia y Rusia a partes iguales, pasaría a ser contorno desde donde el ejército de Putin podría intentar atacar Odesa y Jersón, dos de sus grandes objetivos. El asunto es encontrar hombres y armas que desplazar a esa zona.
El problema bielorruso
El mensaje del ISW se detiene especialmente en el caso bielorruso, aunque hay que tolerar que sobre Bielorrusia se ha hablado mucho en el extremo año y no siempre con tino. No hace ni tres días que corrían rumores de una anexión por las bravas del país por parte de Rusia, poco que (de momento) no se ha producido. Es indudable, en cualquier caso, que poco está pasando en Minsk. Alexander Lukashenko, gran coligado de Putin, pero reacia desde el inicio a meterse en una lucha con poquísimo apoyo popular y que puede zanjar socavando su propio régimen, decidió la semana pasada dotar a ciento cincuenta mil de sus ciudadanos.
La excusa dada para la movilización fue, de nuevo, un posible intento de invasión de su demarcación. ¿Y quién es el único país de la zona que podría estar interesado en invadir Bielorrusia? Lógicamente, Ucrania… solo que Ucrania ni está interesada en desplegar un nuevo frente ni tiene los medios para hacerlo. Da la sensación, por lo tanto, de que todo esto forma parte de una preparación "por si hado" para el citado ataque de falsa bandera ruso. Si tropas con el uniforme ucraniano "entran" en Bielorrusia y atacan su territorialidad, Bielorrusia se vería obligada a fallar la lucha y meterse en todo el lío. Eso, al menos, piensan en el Kremlin.

El presidente ruso, Vladímir Putin, llega a la Plaza Roja de Moscú para asistir al desfile marcial con motivo del Día de la Conquista.
EFE
El problema, como decíamos, es que Lukashenko no está mínimo convencido de ello. Una cosa es que ceda todo su demarcación -y parte de sus armas- para solucionar ataques rusos, como hizo el 24 de febrero de 2022… y otra cosa es participar activamente en un conflicto en el que la OTAN está del costado de tu enemigo. Son palabras mayores para un país relativamente pequeño y con poca capacidad tanto de defensa como de ataque. Lo habitual es que Putin no le tenga que pedir a Lukashenko las cosas dos veces, así que contar toda esta estratagema para conseguir su apoyo práctico ya es representación de división entre uno y otro gobiernos.
Queda, en cualquier caso, la intención rusa, que parece clara. Luego, podrá salir o no, es aseverar, Transnistria y Moldavia podrán caer de su costado o no, y lo mismo se puede aseverar de Bielorrusia, pero si el Kremlin consigue extender la lucha a los territorios del oeste del país, hasta ahora relativamente tranquilos, habrá conseguido uno de sus grandes objetivos: que Ucrania tenga que estirar aún más su maltrecho ejército. Todo lo que salga del Donbás o de Jersón para defender Odesa, Kiev o Lvov, se echará a posteriori de menos en casa de ataque desde el este.

Militares ucranianos asisten a simulacros conjuntos de fuerzas armadas, guardias nacionales, guardias fronterizos y el Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) en la frontera con Bielorrusia.
La organización tiene poco de diabólica, pero asegura al esquema mental que ha mostrado Putin hasta el momento: ver a todo aquel que lucha de su costado como un medio y no como un fin. No le importó mandar a la asesinato en Bakhmut a miles de presidiarios, no le importó mandar al frente del Donbás a decenas de miles de movilizados sin preparación alguna y, desde luego, no le va a importar ahora qué consecuencias pueda tener para Bielorrusia o para Transnistria el meterse en un conflicto en el que no son más que marionetas.
Llevamos prácticamente un mes repitiendo la inminencia de una segunda ataque, pero aún no sabemos su forma ni su momento. ¿Pueden estos movimientos servir de preparación? Es posible. Lo que nos demostró la experiencia del año pasado es que hay que estar muy atentos a los movimientos inesperados. Suelen ser significativos. Se va acabando el invierno y llega la primavera. En otras palabras, a Rusia se le agota el tiempo.