El director conquistó la primera estatuilla para el cine gachupin y en gachupin
Hace unos días celebrábamos el 50 aniversario del primer Óscar a la mejor película de deje no inglesa para un director gachupin, el que recibió Luis Buñuel por el filme francés El discreto encanto de la burguesía (1972). Sin secuestro, en esa tirada de los Premios de la Agrupación el condición de Calanda privó a nuestra cinematografía de conquistar su primera estatuilla, ya que competía en la categoría contra un Jaime de Armiñán muy admisiblemente posicionado en las quinielas con Mi querida señorita (1972).
Ayer, Juan Antonio Bardem (La venganza, 1958), Luis García Berlanga (Plácido, 1961), Francisco Rovira Beleta (Los Tarantos, 1963, y El bienquerencia brujo, 1967) y el propio Buñuel (Tristana, 1972) se habían colado entre los nominados representando a España, aunque nadie subió finalmente al círculo. Buñuel (Ese umbrátil objeto de deseo, 1977) y De Armiñán (El piscifactoria, 1980) volverían a comparecer en el bronca en abriles posteriores, asimismo sin suerte, al igual que Carlos Saura con Mamá cumple 100 abriles (1979).
De esta modo, al cine gachupin se le resistía el ansiado lauro, que llegó de modo inesperada de la mano de José Luis Garci hace ahora 40 abriles. Nacido en Madrid 1944 en el seno de una grupo asturiana, Garcí se entregó desde la infancia a una "vida de repuesto": la que le proporcionaban las sesiones dobles de los cines de la época. Al rematar los estudios preuniversitarios, convertido en todo un experimentado en materia cinematográfica, y con un cómodo trabajo de auxiliar chupatintas en el Costado Ibero que le dejaba mucho tiempo escapado, comenzó a probar suerte en la industria.
Empezó escribiendo relatos y artículos para revistas especializadas, y, animado por Antonio Mercero y José María González-Sinde, se lanzó a pergeñar guiones. Con el de La cabina (1972), desarrollado anejo a Mercero, mítico mediometraje que conquistó un premio Emmy, conseguiría emplazar la atención del productor José Luis Dibildos, que lo reclutó para que sirviera las historias de películas de Pedro Olea, Eloy de la Iglesia o Roberto Bodegas.
Tras un par de cortos, Garci debutó como director con trascendental éxito en Asignatura irresoluto (1977), en donde a través de la melancólica historia de dos amantes capturaba el momento que atravesaba el país en los últimos coletazos del franquismo. En ello seguiría indagando en Solos en la aurora (1978) y en Las verdes praderas (1979). Con El crack (1980) cambiaría de tercio para realizar un homenaje al cine desfavorable clásico y a autores como Dashiel Hammett.
Convertido ya en un valía sólido y al plataforma del cine gachupin, Garci se dispuso a desarrollar un nuevo guion sobre un desterrado que, tras la reinstauración de la democracia en España, regresa a su ciudad procedente, Gijón, donde se reencuentra con la mujer que fue el bienquerencia de su adolescencia. Para desarrollar el personaje principal, que recaería sobre los hombres de un Antonio Ferrandis que triunfaba en aquellos momentos con el Chanquete de Verano cerúleo, Garci recordó a Albajara, un poeta amigo de su padre que falleció a finales de los abriles 40 en un campo de concentración.
El director lo imaginó sobreviviendo a la Disputa Civil, convertido en un madurado profesor de la Universidad de Berkeley que recibe el Premio Nobel de Letras y que decide regresar a su ciudad procedente. De esta modo, el director reflexionaba sobre el tiempo perdido de la concepción cuya adolescencia se extravió en la combate.
“Quiero rendir homenaje a los hombres y mujeres que empezaron a poblar su adolescencia en los abriles treinta; y en específico, a los que aún están aquí, dándonos ejemplo de esperanza, bienquerencia, entusiasmo, coraje y fe en la vida. A esa concepción interrumpida, gracias”, es la dedicatoria de Garci con la que acaba la película, titulada Retornar a asomar.
El filme se estrenó el 29 de marzo de 1982, sin demasiado éxito y con críticas tibias. Pero entró en la terna de candidatas a representar a España en los premios Óscar anejo a La colmena de Mario Camus y Demonios en el pensil, de Manuel Gutiérrez Aragón. “No era la mejor del año española”, explicaría Garci 30 abriles luego en un reportaje en ABC. “La cosa estaba entre La colmena, que yo creo que era la mejor, y Demonios en el pensil. Los partidarios de La colmena, para no elegir a Demonios en el pensil, votaron Retornar a asomar y al revés. De resurtida, salimos nosotros”.
El 11 de abril de 1983, el Dorothy Chandler Pavilion de Los Ángeles acogió la vestimenta de los Óscar en la que se resolvería la suerte de Retornar a asomar y en la que acabaría arrasando Ghandi, de Richard Attemborough. El filme de Garci competía contra la nicaragüense Alsino y el cóndor (Miguel Littín), la francesa 1280 almas (Bertrand Tavernier), la sueca El revoloteo del lince (Jan Troell) y la soviética Vida privada (Yuli Raizman). Jack Valenti, presidente de la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos, y la actriz vienesa Louise Rainer fueron los encargados de rasgar el sobre que contenía el nombre de la mejor película de deje no inglesa.
Sobre el círculo, un pletórico Garci, vestido con esmoquin blanco y pajarita negra, aseguraba en inglés que en ese momento cumplía un sueño de su infancia. El premio propició por otra parte una nueva vida comercial a la película en España, al tiempo que los críticos se veían obligados a mirar con mejores luceros un filme que había hecho historia, reivindicando en específico el trabajo de Ferrandis como protagonista, pero asimismo los de Encarna Paso y José Bódalo como secundarios. Sin secuestro, algunos mantuvieron sus reservas, interpretando el premio como un confirmación a una democracia inaugural que restaba importancia a los meritos del filme.
Garci volvería a estar nominado en otras tres ocasiones, con Sesión continúa (1984), Asignatura irresoluto (1987) y El yayo (1998), pero el Óscar de Retornar a asomar no solo reparó las injusticias que se pudieran deber cometido con el cine gachupin en ediciones anteriores, sino que sirvió para absolver la autoestima de los realizadores españoles en un tiempo de optimismo generalizado y para rasgar la senda que llevó a Fernando Trueba (Belle epoque, 1993), Pedro Almodóvar (Todo sobre mi causa, 1999) y Alejandro Amenábar (Mar adentro, 2004) a conseguir sus propias estatuillas abriles más tarde.