En la novelística, tanto la historia como, sobre todo, la forma de contarla están envueltas en una confusión que en ocasiones se revela incómoda
Xita Rubert es una verde escritora catalana (Barcelona, 1996) dotada de una voz flamante. Licenciada en Humanidades y Filosofía, y doctora en Humanidades Comparada, ha publicado relatos y artículos, y, por lo que dicen sus biografías, ha estudiado, al menos de forma parcial, a Heidegger y a Clarice Lispector, cuyo influjo en Mis días con los Kopp es significativo. La citada novelística supone su primicia poético. Conocedora de las formas actuales de creación por su trabajo como lectora editorial en Penguin Random House, Rubert no huele a lo mismo que los demás solo que más resistente, por utilizar la conocida máxima de Camilo José Cela, sino que su olor es dispar.
A sus diecisiete abriles, cuando ella, como hacían sus amigas del colegio, vestía la misma ropa de cuando tenía quince, Virginia viaja desde Madrid a una ciudad del boreal para asistir a la entrega de un premio culto que cierta institución española le otorga a Andrew Kopp, amigo de Juan, su padre. Los dos se conocen porque han sido profesores en la universidad. La historia, por lo demás elusiva, se centra en los acontecimientos que tienen punto durante aquellos días, en ese punto y en esa circunstancia.
Destaca entre ellos los que protagoniza Bertrand, un hombre entrado en la cuarentena, cincelador y performer, que resulta ser hijo de los Kopp y que está aquejado de un trastorno del que solo se conocen algunas extrañas consecuencias. Porque el comportamiento de Bertrand es insólito, aunque todavía lo es la vida que lleva la protagonista próximo a su padre e incluso la relación que mantienen los tres miembros de la comunidad Kopp.
Tanto la historia como, sobre todo, la forma de contarla, están envueltas en una equívoco que en ocasiones se revela incómoda. Así, son confusos, e incluso equívocos, ciertos pasajes de Virginia y Juan en el dormitorio del hotel, cuando ella está probándose el vestido para la ceremonia (“Ahora me escrutaba, adicionalmente, de tal modo que yo siquiera lo reconocía: no había un padre sino un hombre conmigo”).
Y todavía lo son algunas frases de la narradora dedicadas a Sonya, la mujer de Andrew Kopp (“Sonya. Me negué, incluso entonces, a aceptar mi resentimiento en torno a ti. Era el raíz, todavía violento, de mi aprecio. Y el desdén que tú dirigías silenciosa en torno a mí: era raíz de otra cosa, todavía”). Aunque sin duda es Bertrand el personaje cuyo comportamiento resulta menos definido, más desnortado y dudoso, propio de quien tiene disminuidas sus facultades mentales.
En esta novelística Xita Rubert se plantea temas como la hipocresía de la vida social, la enfermedad (mental), la perversión o lo impredecible
De ahí que, según avanzan las páginas, en el leyente vaya cundiendo la idea de que “lo enfermo, como lo perverso, siempre está presente, callado, esperando ser convocado”. Pero todavía (o quizá más aún) es ambigua la forma de relatar. Entre otras cosas, Virginia parece estar contándole la historia a un tú que, si unas veces se identifica con Sonya, otras parece ser un receptor al margen y otras, incluso, queda envuelto en la nebulosa de una duda normal (“pero ¿quién es quién, hoy, y a quién le hablo exactamente?”). La voz en primera persona, adicionalmente, hace de ella una relatora no confiable.
En la novelística, Xita Rubert se plantea temas como la hipocresía de la vida social, la enfermedad (mental), la equívoco de las relaciones humanas, la perversión o lo impredecible, todo ello aderezado con cierto sentido filosófico de la efectividad. Y aunque Mis días con los Kopp revela a una autora que ha de ser tenida en cuenta, su exceso de confusión y de imprevisibilidad dejan a esta lectora perpleja en exceso, preguntándose si entre tantos desórdenes, alguno no será producto de la improvisación.
